General 25/09/2017 | 03:14por chess24 staff

Para que no se olvide

El 24 de septiembre hemos realizado una gala benéfica para recaudar fondos para México. El escritor Jorge Ignacio Aguadero Casado nos regala este relato. Para que no se olvide...


Martes, 19 de septiembre de 2017, en algún lugar de México.

Eran cerca de las 13:14 h. del mediodía. La clase de ajedrez transcurría con normalidad, nada hacía pensar que las horas siguientes iban a ser convulsas. Los alumnos movían las piezas sobre el tablero, unos con más acierto que otros, con la ilusión de quienes se empiezan a familiarizar con el juego-ciencia.

-Maestro, el peón siempre va hacia delante, ¿verdad?

Quien hacía la pregunta era María, una gran entusiasta de esas clases tan divertidas que consistían en lo que más gusta a los niños: jugar. Y el maestro José, viendo que a sus seis años ya se intuía en ella un espíritu despierto, asintió esbozando una sonrisa.

El éxito de la actividad consistía precisamente en eso, en despertar en los muchachos el interés por el aprendizaje en un ambiente relajado. Es verdad que cada uno iba a asimilar los conocimientos en función de sus propias condiciones, mas el paso al frente de los escolares dejaría también una huella positiva en su autoestima.

-Maestro, ¡María me ha comido un peón!

El que se quejaba era Cuauhtémoc, todo corazón e ímpetu, quien no quería perder la partida que estaba disputando con su compañera. ¡Llevaban diez minutos de intensa partida y ninguno de los dos iba a rendirse mientras les quedasen piezas en el tablero!

La popularidad del ajedrez en el bonito país costero seguía en aumento, los programas de introducción del juego de reyes en las escuelas era un hecho, miles de docentes se habían capacitado con el propósito de formar en esta disciplina a sus alumnos.

-Recuerden, pequeños, deben prestar mucha atención a los peones. Como decía el genial Philidor, “los peones son el alma del ajedrez”.

Los sabios consejos del maestro José eran muy valorados por los niños. Tenían la fortuna de aprender de la mano de un profesor que amaba su profesión. En ese momento, una bandada de pájaros echó a volar. La clase hubiese seguido transcurriendo sin incidencias de no ser porque, justo a las 13:14 h., la tierra se abrió y se estremecieron los cimientos de la nación entera.

No es fácil decir cómo fueron las cosas en esos segundos en los que las paredes de la escuela engulleron a los niños y a los profesores que la ocupaban. Hubo ruido. ¡Mucho ruido! Demasiado, en tan breves instantes. Fue como estar en el ojo de un huracán, mientras el techo nos cae sobre la cabeza y las rodillas se quiebran porque el suelo ya no es de fiar. Lo peor, con la confusión reinante, fueron los gritos de terror que se metían en los oídos. El terror había llegado, en un día normal, a esas malditas 13:14 h.

-¡Escóndase bajo las mesas!

Fueron las últimas palabras del maestro José. Palabras que salvaron vidas. Pues los pequeños María y Cuauhtémoc se refugiaron bajo la mesa en la que jugaban al ajedrez a tiempo de esquivar la lluvia de cascotes.

Después, el espantoso silencio. En la no menos espantosa oscuridad. Luego, se oyó un llanto. Toses. ¡Gritos de dolor!

-¡Quiero ir con mi mamá!

La voz de Cuauhtémoc, aunque expresaba la peor angustia, estaba vestida por la belleza del milagro de la vida. Otros compañeros no volverían a casa. El niño rompió a llorar. Estaba experimentando lo que era la verdadera soledad. Y la desordenada montaña de ladrillos, a ratos, gruñía amenazadoramente.

-¿Cu…  Cuauhtémoc?

La voz de María le sonó a música celestial. En la densa oscuridad del terremoto, bajo una montaña de escombros, le hizo sentir acompañado.

-¿Cuauhtémoc?

-¿María?

-¡Cuauhtémoc!

Falta valor para escribir lo que vivieron esos niños en las horas sucesivas. Su memoria borró lo que pasó. Solo quedó en sus mentes un vago recuerdo a olor a polvo y pizarra.  Sin embargo, les quedó incrustada la imagen del señor del megáfono que anunció su rescate cuando fueron rescatados por los valientes bomberos que, como siempre, jamás dudan en ayudar.

Pasaron los primeros días, mas había noches en las que María y Cuauhtémoc se despertaban y seguían reviviendo todo aquello, una pesadilla recurrente entre cascotes.

Preguntaron insistentemente por el maestro José y por sus compañeros, pero los adultos apartaban la mirada y no decían nada.

Más adelante, hubo heridas que no llegaron a cicatrizar: siempre que entraban en un sitio intentaban salir de allí, buscaban una escapatoria.

Suelen, los cuentos, acabar con un final feliz. En este caso no puede haberlo, muchas familias han perdido a sus seres queridos. Su hogar. Sus pertenencias. Esto es algo que hay que contar, para no perder de vista que las víctimas van a necesitar nuestra ayuda mucho tiempo y que, cuando dejen de ser noticia en los medios de comunicación, aún quedará mucho que hacer para que, de algún modo, puedan superar la tragedia que han sufrido.

Jorge I. Aguadero Casado


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